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viernes, febrero 20, 2009

Ira civil, Maruja Torres

"Cuando era niño me gustaba la caza. Un día maté una perdiz. Y me curé. No he olvidado su agonía, cómo por mi culpa se extinguió una vida". El hombre hizo una pausa y prosiguió, con los ojos clavados en el camino: "Pensará usted que a qué viene que un taxista le cuente estas cosas, que lo mío es permanecer callado. Pero la he oído comentar ese asunto con su amiga, y no puedo dejar de meterme. Perdóneme, pero no tengo con quién hablar. Mis hijos van a lo suyo, la gente, en general, dice sí o no, y pasa a otra cosa. ¿Nadie se da cuenta? No es sólo la cacería, todos esos hermosos ciervos muertos, esos pomposos cazadores indiferentes al dolor que han causado, al paisaje que han roto. Me pregunto qué es lo que nos pasa. La indiferencia. La superioridad. ¿Quién nos creemos que somos? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Mejor dicho, ¿por qué no salimos de lo peor que somos? Perdóneme, estoy indignado".

Le dije que era un honor para nosotras hablar con él, que tiene razón y que somos bastantes los que compartimos su indignación, su ira ante la arrogancia y la indiferencia.

No ira como para salir a liquidar vidas. Ira civil.

"¿Ha visto la película The Queen?", continuó el hombre, más calmado. "¿Recuerda el momento en que la mujer y el ciervo se miran, de reina a rey?".

Asentí, sin poder evitar un añadido maléfico: "Bueno, los reyes de dos patas, incluido el nuestro, cazan mucho. Parece que ninguno de ellos haya llorado en su niñez, en el cine, por la muerte del padre de Bambi".

Sonrió el hombre por primera vez, pero con tristeza.

"¿Tiene usted alguna afición que le dé un poco de sosiego?", inquirí. "Mis flores. Cultivo flores".

Ojalá le consuelen.

Desaliento - Rosa Montero

Hace una semana terminó la temporada de caza con galgo y empezaron las matanzas habituales, los bosques espectrales adornados con el fruto atroz de los perros ahorcados. A veces me entra un desaliento abrumador, un cansancio infinito de ser de este país. De una sociedad bruta e incivil sin tradición en el respeto a los seres vivos. Miren por ejemplo lo que sucede en el Metro de Madrid: El Refugio ha denunciado que los perros utilizados en la seguridad son duramente maltratados. Y lo peor es que muchos maltratadores ni siquiera creen serlo porque no perciben el sufrimiento del animal: así de primitivos y de crueles son. Ese mismo sustrato de insensibilidad hace que el PSOE incumpla descaradamente una promesa electoral sin que pase nada. Porque se comprometieron a elaborar una ley marco de protección animal, pero el Gobierno acaba de declarar que no la hará y que las competencias son de las autonomías (se han presentado 1.300.000 firmas en pro de la ley, pero se ve que les importa un pito).

Sí, es un desconsuelo ser de un país en el que los jueces y los ministros se van de cacería y se hacen petulantes fotos de matarifes. No hablo ya de las repercusiones políticas del encuentro, ni del problema que supondría aceptar, teniendo un cargo público, el supuesto regalo (de muchos miles de euros) de una montería, como decía el sábado un lector en una carta magnífica. Hablo simplemente del mal gusto social, del mal gusto moral, del mal ejemplo de esos prohombres de la patria rodeados de cadáveres (tremenda la foto de Garzón entre decenas de mansos ciervos alineados como los muertos de una masacre anónima); de unos tipos exultantes de sangre y abrazados con ufanía a la escopeta. Ésos no son los dirigentes que yo deseo para España. Pero ya ven, es que el país es así. Por desgracia, todo concuerda.

martes, febrero 17, 2009

Cacería, Manuel Vicent

Un ministro de Justicia de cualquier país, de cualquier ideología, con una escopeta o con un rifle de mira telescópica en la mano, apuntando a un ciervo, a un muflón, a un guarro, a un conejo o a una perdiz es una imagen que le deja a uno desarmado. Si encima ese ministro de Justicia es socialista y se deja fotografiar rodilla en tierra agarrado con orgullo a las cuernas de un venado, que exhibe un balazo en la frente, entonces esa estampa resulta tan grosera que no da otra opción que la de salir corriendo en dirección contraria.

Juntos, el ministro Bermejo y el juez Garzón han participado en varias cacerías. Puede que lucieran abrigos con fuelles en las axilas y una pluma en el sombrero, que desayunaran migas con chorizo en compadreo con el resto de la cuadrilla, que entonaran a coro la salve de los monteros antes de la matanza. Basta con este pavoneo para merecer la repulsa de gran parte de los ciudadanos, más allá de que trataran o no de apañar algún mejunje judicial entre animales muertos o de que ofrecieran, como membrillos, una baza política a la derecha.

Hay que imaginar al ministro de Justicia con el rifle cargado, bien apalancado en el puesto ante un venado, que se ha destapado entre unos arbustos. A través de la mira telescópica vislumbra en primer plano por un instante sus ojos de terciopelo, su belleza, su inocencia y, no obstante, frente a esa armonía de la naturaleza no duda en apretar el gatillo. Entre gran alborozo recibe la felicitación de los secretarios por ese tiro tan certero y luego marca la culata de la pieza ensangrentada con sus iniciales.

No posee un espíritu muy fino el ministro Bermejo si no es no es capaz de percibir que los ciervos que mata, miran antes la boca de su rifle llorando. Hay que imaginar también al juez Garzón ajusticiando con propia mano a unos venados, que han sido cebados entre alambradas sólo para que después unos señoritos de pelo ensortijado se den el gustazo de llenarles de plomo la barriga.

El ministro Bermejo y el juez Garzón, juntos o por separado, no deberían matar animales, porque el oficio tan delicado de hacer justicia no encaja en una afición tan violenta y antiestética. Es como ver al ministro de Sanidad totalmente borracho. Ése y no otro es el escándalo.

miércoles, septiembre 19, 2007

Legalizar la crueldad


¿ QUEREMOS VER A NUESTROS PÁJAROS ASÍ ?

El gobierno catalán intenta legalizar la caza de pájaros con liga (cola) mediante un decreto.Este método cruel está específicamente prohibido por las leyes europeas porque además es masivo, no es selectivo y es imposible controlar adecuadamente.En nombre de la “tradición” los cazadores usan reclamos eléctricos y centenares de miles de zorzales en migración desde el norte de Europa, y un 30% de pájaros de especies protegidas, son atraídos a los árboles embadurnados de liga, en “barracas” cerradas, y muertos en las comarcas catalanas del Ebro entre octubre y noviembre.En el mismo proyecto de decreto el gobierno catalán quiere también legalizar una modalidad de caza con red nombrada “filat”, que consiste en atrapar pájaros sedientos atraídos por recipientes de agua, método también prohibido en España por no ser selectivo e imposible de controlar.La protección de la naturaleza desarrolla en todas partes nuevas actitudes, pero nuestro gobierno “progresista y ecologista” mira hacia un pasado de caza de supervivencia que destruye especies protegidas.Solicitamos tu firma para nuestra campaña contra esta legalización y reenvía este mail a tus conocidos.La biodiversidad es patrimonio de todos.
Si has leído ésto, por favor, pasa a dejar tu firma contra esta salvajada en:

miércoles, septiembre 05, 2007

El dedo que acciona el gatillo

Como la pereza me puede en estos primeros días de septiembre en que todavía no he recobrado el pulso normal, si es que alguna vez lo he tenido ;-), recupero este artículo de Mosterín del año pasado y que no quiero que quede en el olvido.
El dedo que acciona el gatillo
JESÚS MOSTERÍN

EL PAÍS - Opinión - 01-11-2006
El rey Juan Carlos I ha desempeñado un papel indudablemente positivo en dos momentos delicados de nuestra historia reciente. La transición de la dictadura de Francisco Franco a la actual democracia española habría sido más difícil y arriesgada sin la presencia de un puente que uniera ambas orillas con el beneplácito más o menos explícito de todos los bandos implicados.
El generalísimo Franco nombró a Juan Carlos de Borbón como su sucesor en la jefatura del Estado, por lo que los franquistas no tuvieron más remedio que aceptarlo, por muy a regañadientes que fuera. Franco murió el 20 de noviembre de 1975 y sólo dos días después Juan Carlos juró como Rey ante las Cortes del régimen moribundo. Al cabo de unos meses, Juan Carlos nombró jefe de Gobierno a Adolfo Suárez, ministro de la Falange reconvertido en instaurador de la democracia. El 23 de febrero de 1981 los fantasmas del anterior régimen todavía nos depararon el esperpento televisado del asalto al Congreso por Antonio Tejero al frente de 200 guardias civiles. Pistola en mano y dedo en el gatillo, Tejero mantuvo secuestrados a los diputados durante 18 horas, a la espera de que se le uniesen las unidades militares. Juan Carlos I, vestido de uniforme de capitán general, apareció en la televisión y ordenó a los militares que se mantuviesen dentro de la ley y obedeciesen a las autoridades legítimas, con lo que la intentona quedó abortada. En ambas ocasiones Juan Carlos de Borbón, bien aconsejado, estuvo a la altura de las circunstancias.
En las distancias cortas, Juan Carlos es campechano y jovial, y fácilmente despierta la simpatía de sus interlocutores. No destaca por sus virtudes intelectuales ni por su fina sensibilidad, pero ello tampoco es exigible a un monarca constitucional, que en definitiva es una figura decorativa, a la que basta con no provocar escándalos para mantener su trono. Aquí no me refiero a pecadillos triviales, sino a conductas que produzcan indignación moral profunda o que choquen frontalmente con los valores de nuestra época.
Hoy en día, la conciencia ecológica y bioética y la preocupación por la vida en nuestro planeta desempeñan un papel fundamental en la emergente cultura global. Aunque la caza tenía mucho sentido durante el Paleolítico, lo perdió por completo tras la revolución del Neolítico, que tuvo lugar hace unos diez mil años. Es cierto que a los reyes asirios les llevaban leones en jaulas para que el monarca los alancease. Se suponía que el rey siempre estaba machacando cabezas de enemigos y que en los ratos libres se entretendría matando animales. Todavía a mediados del siglo XX, los jerarcas del franquismo y los hombres de negocios enchufados intercambiaban favores corruptos a la sombra de la complicidad establecida durante sus cacerías compartidas, que además aliviaban su exceso de testosterona. Varias de las mejores películas del cine español, como La caza, de Carlos Saura, o La escopeta nacional, de Luis García Berlanga, testimonian de este oscuro periodo.
En cualquier caso, ahora vivimos en el siglo XXI, cuyos valores e inquietudes no son los del Paleolítico ni los del Imperio Asirio y ni siquiera los del franquismo. Incluso en Inglaterra ya han prohibido su tradicional caza del zorro, y eso que el zorro no está en peligro de extinción. En su tiempo, Félix Rodríguez de la Fuente trató de atraer a Juan Carlos hacia la nueva sensibilidad, pero la muerte prematura del primero privó al segundo de una saludable influencia que quizás habría acabado apartándolo del gatillo, por el que siempre ha sentido afición.Las especies en peligro de extinción son objeto de intensa preocupación, sobre todo si se trata de animales tan notables y emblemáticos como el oso. Los osos, que ya eran abundantes en la península Ibérica en el Pleistoceno medio, han sido perseguidos con saña hasta su casi total exterminio. ¿Dónde están los osos de Madrid, la villa del oso y del madroño, dónde están los osos que dan su nombre al gran monasterio gallego de Oseira? Los millones de niños enamorados de sus osos de peluche, ¿tendrán la oportunidad de ver osos de verdad en el futuro? La Unión Europea se está gastando millones de euros en reintroducir algunos osos en las zonas de las que habían desaparecido, como los Pirineos. Un número grande y creciente de españoles comparte esta preocupación y contempla con indignación moral que todavía se sigan cazando estos magníficos y escasos animales.
La pulsión del dedo que aprieta el gatillo y produce el derrumbe del animal grande y hermoso lleva a cazadores adinerados y sin escrúpulos a ofrecer sumas ingentes de dinero a agencias como Abies Hunting, especializadas en organizar cacerías terribles de elefantes en África o de osos en Europa. La zona de Europa donde todavía podría salvarse una población viable de osos está en los Cárpatos de Rumania, aunque incluso allí la población se ha reducido a la mitad en los últimos años y empieza a estar amenazada. El sanguinario dictador Nicolae Ceausescu solía desfogar sus malos instintos con la caza de osos desde su chalet de Covasna, en plena Transilvania, la tierra de Drácula. El ex comunista Adrian Nastase fue primer ministro de Rumania hasta diciembre de 2004, en que perdió las elecciones ante el demócrata Traian Básescu. Nastase era también presidente de la Asociación Rumana de Cazadores y atraía a personajes ricos o influyentes conocidos por su afición al gatillo con la promesa de ofrecerles osos que fusilar y, para mayor morbo, alojándolos en el chalet de caza del mismísimo Ceausescu.
En octubre de 2004, en los últimos días de Nastase en el poder, la agencia Abies Hunting organizó a Juan Carlos de Borbón un viaje privado para matar osos en los Cárpatos. El Rey pasó el fin de semana en Covasna, hospedado en el chalet del dictador Ceausescu, y le dio gusto al dedo accionando repetidamente el gatillo y abatiendo a tiros a cinco osos y otros animales. El escándalo estalló en la prensa rumana y rápidamente dio la vuelta al mundo a través de Internet. Apenas tres meses después, en enero de 2005, la prensa austriaca dio a conocer una nueva cacería de Juan Carlos, llegado expresamente en avión privado a Graz con la correspondiente comitiva de guardaespaldas. Tanta cacería lejana empezaba a oler a chamusquina. El diputado Joan Tardá preguntó al Ejecutivo si pensaba pedir disculpas al pueblo rumano y si le parecía ético que el Rey gastase el dinero que le otorga el Estado en la caza de especies que en muchos países europeos, incluida España, están protegidas por la ley. El senador Iñaki Anasagasti interpeló al Gobierno español para saber “cuánto cuestan estas cacerías, quién las paga y con qué gente va”. El Gobierno se escabulló como pudo, contestando que las cacerías son “actividades de carácter privado” de la Casa Real y que, por lo tanto, están “excluidas de refrendo por parte del Gobierno”. También declinó informar sobre su costo, ya que “el Rey recibe de los Presupuestos del Estado una cantidad global… y distribuye libremente la misma”. El portavoz de la Casa Real mantuvo su mutismo, alegando no tener acceso a la agenda privada del Rey.
Pero ni por esas. La pulsión de apretar el gatillo parece ser incontenible. En octubre de 2006, Juan Carlos volvió a ir en avión especial nada menos que a Rusia a fin de abatir otro oso. El diario moscovita Kommersant ha publicado la carta del técnico responsable de la caza en la provincia rusa de Vólogda, donde había tenido lugar la presunta cacería, consistente en colocar delante del rey a un “bondadoso y alegre oso” del zoo local, llamado Mitrofán, transportado en una jaula y soltado para que el rey lo abatiese de un tiro, como así ocurrió, por lo que el técnico lamenta que con estas prácticas “se transforme la caza en una payasada sangrienta”.
La noticia de que el Rey de España había ido hasta Rusia en avión especial a matar a un oso drogado enseguida ha dado la vuelta al mundo. La Casa Real se ha limitado a poner en duda que el oso estuviera drogado, que es lo de menos. Estas cacerías de animales protegidos o en peligro no incrementan precisamente el prestigio del Monarca y seguro que en su misma familia gozan de limitada aceptación. Alguien debería aconsejar al Rey, por su propio bien, que de una vez por todas aparte el dedo del gatillo.